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Mis primeros días en la universidad fueron como cada vez que llego a una escuela nueva: se conocen otras personas, tus compañeros de estudios y de cuarto. Los dormitorios no me gustaban porque había como sesenta estudiantes por cuarto. Los estudiantes que ya llevaban tiempo llamaban la beca La Barraca, en alusión a los barracones donde dormían los esclavos africanos en Cuba. Mi cuarto estaba en el quinto y último piso. En el primer piso del edificio había un gimnasio y una cafetería y la facultad de Ingeniería eléctrica no quedaba lejos. La primera noche que dormí la ciudad de Santiago nos dio la bienvenida con un temblor de tierra. Yo no me recordaba que Santiago era una ciudad sísmica y aquella noche me vino a la mente. Sentí como si alguien estuviera moviendo la litera y pensé que era alguna maldad que me estaba haciendo alguien, pero cuando vi que todos corrían y salían del cuarto, salí corriendo también, con la ventaja que mi litera estaba al lado de la puerta. Mucho de los muchachos chocaron con el tanque de la basura que estaba a la entrada del cuarto. De todas formas no sirvió de nada que corriéramos porque estábamos en el quinto piso y cuando íbamos por la escalera ya todo había acabado. Al otro día supimos que fue de 4 grados en la escala de Richter y que varios estudiantes se rompieron las piernas pues el pánico les dio por tirarse.
Al otro día había un estudiante de Baracoa, que parecía medio loco por las cosas que decía, no sé como pudo aprobar los exámenes de ingreso a la universidad, que decía que por la noche dormiría con las sábanas amarradas en su cintura en forma de paracaídas y que si temblaba de nuevo, se tiraría por el balcón. Le dijimos que si estaba loco, que no le iba a dar tiempo de abrirse. Por la noche, cuando todos estaban dormidos, comenzamos a moverle la cama para que pensara que era un temblor, y salió como un bombero de guardia hacia el balcón y si no lo hubiéramos parado se hubiera tirado balcón abajo. A partir de aquel día le cambiamos el nombre y le pusimos El Loco de Baracoa, no sería la última locura que hiciera en 5 años de universidad.
Este edificio nos trajo otro momento amargo durante el primer año. Alguien se dio cuenta que los cables del teléfono de una oficina pasaban por el frente de una de las ventanas de dormitorio y trajo un teléfono para conectarlo en horas de la noche. Así se comenzó a utilizar este teléfono clandestino hasta el extremo que venían estudiantes de otros dormitorios a llamar incluso por el día. Ninguno sabía que la línea era del vicerrector de la universidad y un día se dio cuenta de que alguien estaba enganchado a la línea, subió y lo sorprendió. Nosotros, para salvar al estudiante, nos echamos todo la culpa, que todos lo habíamos utilizado y así nos volvimos todos responsables. Nos acusaban de espionaje y de daño a la economía del país. Nos querían votar de la universidad y hasta la presidenta del a Federación de Estudiantes Universitario, FEU, y el secretario de la Juventud Comunista, querían que nos botaran, pero finalmente nos suspendieron el estipendio que nos daba la universidad, 20 pesos, por seis meses y así sufragar los gastos causados. Nunca perdonamos al secretario de la Juventud Comunista y a la secretaria de la FEU que no nos apoyaran y nunca más fueron elegidos porque todos los estudiantes de ingeniería automática y telecomunicación no votamos por ellos.
La primera semana de estudio era solo un recordatorio de lo que habíamos estudiado en el preuniversitario. Los profesores hicieron pruebas de suficiencia y todos los que aprobaron tuvieron una semana libre en sus casas, entre ellos, también yo.
Llegué a mi casa un miércoles de la segunda semana de septiembre. Dejé el maletín en el cuarto y me quedé en calzoncillos para estar más fresco.
– Tienes una carta de Annie en el armario- me gritó mi mamá desde la cocina.
Enseguida corrí hacia el cuarto y busqué la carta entre los papeles de la gaveta. La abrí con rapidez, un poco nervioso y desesperado por saber qué decía. Enseguida reconocí su caligrafía pequeña que apenas se entendía lo que escribía. Me decía que estaba pasando sus primeros días de estudiante de medicina en el hospital de Banes donde vivía, cerca de la bella playa de Guardalavaca, al norte de la provincia de Holguín, que estaba sola en su casa pues su madre estaba pasando un curso de superación para maestros en el pedagógico y su padre trabajando en un central azucarero en otro municipio, que si quería podía ir a verla. Salté de alegría y le dije a mi mamá:
? Mami, prepárame ropa que mañana me voy para Holguín.
Pero tú estás loco. Llegaste hoy de Santiago y ya te vas mañana para Holguín?

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