Hidran, Matrícula en la Universidad de Santiago de Cuba

Mis días de vacaciones se iban volando desde que llegué a Nuevitas. Eran las últimas antes de entrar a la universidad. Era la primera vez que venía a este lugar. Mi tía hacía diez años que vivía aquí. Desde el balcón de la casa se divisaba el océano con sus aguas de un azul turqués muy bello, solo cortado por las costas de Cayo Sabinal que se interponía a la entrada de la bahía.
El barrio de mi tía fue creado por las microbigadas populares, donde los mismos dueños debían trabajar e la construcción de estas casas para tener derecho a una. Eran edificios de 5 pisos con dos pasos de escaleras. La mayoría de los habitantes venían del oriente de Cuba como mi familia.
Recibo un telegrama de mi madre diciéndome que debía regresar urgente para matricular en la universidad. Al otro día fui para la estación de trenes para ir hasta Camaguey y ver si podía coger el tren que iba hacia Bayamo. Llegué a esta ciudad sobre las 7.30 PM. Nunca antes había visitado Camaguey, solo había pasado por ella dirigiéndome a Nuevitas. Averigüé el horario del tren Camaguey Bayamo y me dijeron que era a las 2 de la mañana y que había que ponerse en lista de espera para ver si sobraban espacio. Comencé a pasear por las calles cercanas a la estación. A diferencia de Bayamo, que fue virtualmente destruida por el incendio que provocaron sus habitantes en 1869 para no entregársela a los españoles, tiene muchas calles coloniales. Pavimentadas con adoquines, las tejas de sus techos, los balcones con balaustres torneados o con hierro colado. Estaban muy oscuras las calles y decidí regresar a la estación. Me puse a ver televisión para que el tiempo pasara más rápido. Había mucha gente que, como yo, esperaba la llegada del tren, a diferencia de que yo no tenía el pasaje.
Finalmente llegó el tren. Las ferromozas no dejaban subir sin el boleto y finalmente subí con un señor que me dijo que pagando el doble directamente a la ferromoza podíamos subir. Así lo hicimos y pudimos abordar el tren. Durante todo el viaje no pude dormir. El ruido del roce de los raíles con la maquinaria era ensordecedor con su monótona melodía que se repetía a cada segundo.
Llegamos a Bayamo sobre las 7 de la mañana. Desayuné en la estación de autobuses, que quedaba al frente de la ferroviaria, y compré el ticket para la guagua de Jiguaní. Una vez que llegué a mi municipio fui para la salida para ver en qué podía ir hasta mi casa. Después de esperar una hora pude irme en un camión hasta la entrada del camino que conduce a mi barrio en el campo. Llegué a mi casa casi a la hora de almuerzo. Saludé a mi mamá y mis hermanos que estaban en la sala.
– ¿Cómo fue el viaje?- me preguntó mi mamá mientras me servía café en un vaso.
– Imagínate- le respondí- Casi tengo que dormir en la terminal de Camaguey pero finalmente pude conseguir un ticket y coger el tren. ¿Para cuándo me sacaste el pasaje para ir a Santiago?.
– Para el 23- Me respondió sin dejar de barrer la cocina.
– Pero mami, el 23 de Agosto, si se te ha olvidado, es mi cumpleaños-le dije con tono irónico y sorprendido al mismo tiempo.
– Sí, yo lo sé, pero pensé que te iba gustar conocer Santiago el día de tu cumpleaños.
– Sí-le respondo- Pensándolo bien, no es mala idea.
El 23 me levanté temprano porque la guagua salía a las siete y media. Me puse el pull-over que mi papá me había regalado para mi graduación del preuniversitario. La parte de atrás era azul, sin cuello, y la parte del frente con dos franjas: una roja y otra azul. El pantalón era beige con pinzas sobre cada bolsillo.
Tomé la guagua y durante el trayecto iba pasando por lugares que no conocía. Solo conocía contramaestre y no me eran extraños los naranjales que se veían a derecha e izquierda. Luego pasamos por Palma Soriano con los ojos ya agotados de ver tantos campos sembrado de caña de azúcar. Alrededor de Palma era más bonito el paisaje con inmensos valles cubiertos por palmas verdes y altísimas que ondeaban al vaivén del viento que despeinaba sus cabelleras de hojas verdes y largas como serpientes que penden de sus cuellos.
Después de casi dos horas de viajes llegamos a Santiago de Cuba. Siempre había soñado con venir a esta ciudad llena de historia y visitar lugares históricos como el Cuartel Moncada, hoy convertido en una ciudad escolar, y la Granjita Siboney, lugares donde se fraguó la Revolución contra la dictadura de Fulgencio Batista.
Al lado de la estación se encontraba la Plaza de la Revolución que estaba siendo remodelada. Al lado, una bella avenida donde pregunté dónde quedaba la universidad. Me indicaron que siguiera recto por toda la avenida y a la izquierda la encontraría. Me dirigí a la facultad de Ingeniería eléctrica para hacer mi matrícula y para mi sorpresa se encontraban allí también compañeros de estudio del preuniversitario en ciencias exactas de Holguín. Nos saludamos y nos pusimos de acuerdo para dar una vuelta por la ciudad después de terminar la matrícula.
Sobre las once tomamos la avenida victoriano Garzón para ir a Coppelia, la heladería de Santiago de Cuba. Me sorprendía al ver lo irregular del terreno de la ciudad con sus calles con pendientes que parecían colinas. Los autos expelían una cantidad de humo increíble al subir la avenida debido al esfuerzo que tenían que hacer para vencer la pendiente.
Llegamos a la famosa heladería Coppelia y después de una hora de cola pudimos entrar al salón. Aprovechamos los 20 minutos que tuvimos que esperar para recibir el servicio para contarnos lo que cada uno había hecho en las vacaciones y preguntar por el destino de otros compañeros. Exageradamente nos tomamos 21 bolas de helados cada uno. Salimos con las barrigas hinchadas como chinchas y nos sentamos afuera para seguir hablando. La agradable conversación no me impedía que admirara la belleza y la variedad de muchachas de Santiago que hacían la cola. Había de todo tipo: blancas, bellas mulatas, negras no tanto, imaginaba que hubiera más población negra en Santiago acorde con lo que había escuchado decir, sin embargo, me di cuenta que lo que más abundaba eran los mulatos, a diferencia de Holguín, donde había estudiado, donde la mayoría de la población era blanca y tenía fama de racista y regionalista.
Después de más de una hora de conversación nos despedimos hasta el próximo primero de Septiembre que debíamos comenzar el curso. Yo continué para la terminal para coger la guagua de Bayamo y regresar a mi casa. Para mi sorpresa, la terminal estaba repleta de gente. Me dirigí a la ventanilla para sacar un turno para la lista de espera y quedé sorprendido al ver que mi número estaba al menos 300 números por encima del primero que debía subir al ómnibus. Esperé hasta las cinco y media cuando se suponía que debía salir la guagua. A esa hora empezaron a montar por el orden de los números y perdí todas mis esperanzas. Solo había asientos para 38 personas y yo tenía 300 por delante. El hecho de que hubiera tanta gente en la terminal se debía a que en Palma Soriano había carnavales y todo el mundo estaba andando en esa dirección. Como era de esperar, no pude irme. Empecé a dar vueltas y ver si salía otro carro. Había una máquina privada que estaba llenando hasta Palma, pero costaba más de lo que yo tenía.
Sobré las diez de la noche perdí toda esperanza de poder irme. Fui hacia el frente de la terminal y me acomodé contra un poste de la luz para dormir un poco, cosa imposible con el ruido de los carros y el miedo a quedarme dormido y que me robaran las ropas y me dejaran desnudo. No sé por cuánto tiempo me quedé dormido, solo sé que cuando abrí los ojos vi una guagua que estaba cargando personal. Salí corriendo hacía ella y me di cuenta que estaba casi llena y con el número que yo tenía era imposible subir. Se me ocurrió una idea y me acerqué a la ventanilla del chofer y le expliqué:
Mire chofer- poniendo una cara de desgraciado- yo soy de Jiguaní y necesito irme pero tengo un número demasiado alto. Hoy es mi cumpleaños, mire usted mi carné de identidad si desea, y quisiera al menos poder dormir en mi casa y no aquí en el medio de la calle.
Parece que mi explicación con aquella cara de haber perdido un familiar querido, lo convenció y me dijo:
– Está bien, ponte por aquella esquina que yo te voy a recoger.
Así lo hizo, y aun cuando tuve que ir sentado en el piso estaba muy contento de mi suerte. Le dije que se acordara que yo me quedaba en Jiguaní y no me fuera a llevar para Manzanillo, lugar al cual se dirigía la guagua para buscar a un grupo musical que estaba participando en los carnavales de aquel municipio. Llegué a Jiguaní sobre la media noche. La ciudad estaba oscurísima, pero no tenía miedo porque sabía que allí no había delincuentes como en otras ciudades. Seguí hasta la salida de la ciudad y tomar la carretera hacia mi barrio. Me quedaba aún 6 Km para llegar. La carretera estaba muy oscura, solo iluminada por las estrellas que cubrían el negro cielo como pequeñas lámparas, pero su luz no era suficiente para iluminar mi camino. Cada ruido me asustaba un poco. Sentía mis pasos y pensaba que eran los pasos de otra persona que me seguía. En ese momento comencé a recordar todas las historias de muertos y aparecidos contadas por mis abuelos y mi padre y el miedo me hizo apretar el paso. Llegué a mi casa como a la una de la mañana. Toqué la puerta y me abrió mi mamá, muy preocupada por mi tardanza.

Inicio curso

Mis primeros días en la universidad fueron como cada vez que llego a una escuela nueva: se conocen otras personas, tus compañeros de estudios y de cuarto. Los dormitorios no me gustaban porque había como sesenta estudiantes por cuarto. Los estudiantes que ya llevaban tiempo llamaban la beca La Barraca, en alusión a los barracones donde dormían los esclavos africanos en Cuba. Mi cuarto estaba en el quinto y último piso. En el primer piso del edificio había un gimnasio y una cafetería y la facultad de Ingeniería eléctrica no quedaba lejos. La primera noche que dormí la ciudad de Santiago nos dio la bienvenida con un temblor de tierra. Yo no me recordaba que Santiago era una ciudad sísmica y aquella noche me vino a la mente. Sentí como si alguien estuviera moviendo la litera y pensé que era alguna maldad que me estaba haciendo alguien, pero cuando vi que todos corrían y salían del cuarto, salí corriendo también, con la ventaja que mi litera estaba al lado de la puerta. Mucho de los muchachos chocaron con el tanque de la basura que estaba a la entrada del cuarto. De todas formas no sirvió de nada que corriéramos porque estábamos en el quinto piso y cuando íbamos por la escalera ya todo había acabado. Al otro día supimos que fue de 4 grados en la escala de Richter y que varios estudiantes se rompieron las piernas pues el pánico les dio por tirarse.
Al otro día había un estudiante de Baracoa, que parecía medio loco por las cosas que decía, no sé como pudo aprobar los exámenes de ingreso a la universidad, que decía que por la noche dormiría con las sábanas amarradas en su cintura en forma de paracaídas y que si temblaba de nuevo, se tiraría por el balcón. Le dijimos que si estaba loco, que no le iba a dar tiempo de abrirse. Por la noche, cuando todos estaban dormidos, comenzamos a moverle la cama para que pensara que era un temblor, y salió como un bombero de guardia hacia el balcón y si no lo hubiéramos parado se hubiera tirado balcón abajo. A partir de aquel día le cambiamos el nombre y le pusimos El Loco de Baracoa, no sería la última locura que hiciera en 5 años de universidad.
Este edificio nos trajo otro momento amargo durante el primer año. Alguien se dio cuenta que los cables del teléfono de una oficina pasaban por el frente de una de las ventanas de dormitorio y trajo un teléfono para conectarlo en horas de la noche. Así se comenzó a utilizar este teléfono clandestino hasta el extremo que venían estudiantes de otros dormitorios a llamar incluso por el día. Ninguno sabía que la línea era del vicerrector de la universidad y un día se dio cuenta de que alguien estaba enganchado a la línea, subió y lo sorprendió. Nosotros, para salvar al estudiante, nos echamos todo la culpa, que todos lo habíamos utilizado y así nos volvimos todos responsables. Nos acusaban de espionaje y de daño a la economía del país. Nos querían votar de la universidad y hasta la presidenta del a Federación de Estudiantes Universitario, FEU, y el secretario de la Juventud Comunista, querían que nos botaran, pero finalmente nos suspendieron el estipendio que nos daba la universidad, 20 pesos, por seis meses y así sufragar los gastos causados. Nunca perdonamos al secretario de la Juventud Comunista y a la secretaria de la FEU que no nos apoyaran y nunca más fueron elegidos porque todos los estudiantes de ingeniería automática y telecomunicación no votamos por ellos.
La primera semana de estudio era solo un recordatorio de lo que habíamos estudiado en el preuniversitario. Los profesores hicieron pruebas de suficiencia y todos los que aprobaron tuvieron una semana libre en sus casas, entre ellos, también yo.
Llegué a mi casa un miércoles de la segunda semana de septiembre. Dejé el maletín en el cuarto y me quedé en calzoncillos para estar más fresco.
– Tienes una carta de Annie en el armario- me gritó mi mamá desde la cocina.
Enseguida corrí hacia el cuarto y busqué la carta entre los papeles de la gaveta. La abrí con rapidez, un poco nervioso y desesperado por saber qué decía. Enseguida reconocí su caligrafía pequeña que apenas se entendía lo que escribía. Me decía que estaba pasando sus primeros días de estudiante de medicina en el hospital de Banes donde vivía, cerca de la bella playa de Guardalavaca, al norte de la provincia de Holguín, que estaba sola en su casa pues su madre estaba pasando un curso de superación para maestros en el pedagógico y su padre trabajando en un central azucarero en otro municipio, que si quería podía ir a verla. Salté de alegría y le dije a mi mamá:
? Mami, prepárame ropa que mañana me voy para Holguín.
Pero tú estás loco. Llegaste hoy de Santiago y ya te vas mañana para Holguín?